4 cosas que no deberías hacer nunca cuando eduques a tus hijos

Cosas que nunca deberías hacer

Cosas que no deberías hacer nunca con tus hijos… La verdad es que son muchas las cosas que se me ocurren que no deberías hacer con tus hijos. Están todas aquellas que son ilegales y que suponen un delito como todas las formas de abuso. Están aquellas que ponen en peligro la seguridad del niño como conducir por encima del límite de velocidad, conducir hebrios o llevarlos en el coche sin cinturón. Están también las negligencias graves como dejar a los niños desatendidos o no cuidar de ellos como es debido.

Sin embargo, hoy he decidido hablar de cuatro cosas que pueden no ser tan graves pero también deberíamos evitar. Y he decidido hablar de estas cuatro porque son errores bastante comunes que en muchas casas están normalizados en mayor o menor medida. Algunas de estas cosas ocurren por desconocimiento y otras porque aunque sabemos que no debemos hacerlas todavía no entendemos bien por qué son perjudiciales para los niños o no lo tenemos lo suficientemente interiorizado. Así que he decidido compartir contigo estas cuatro cosas que no deberías hacer nunca con tus hijos porque no van a ayudarte en nada en tu propósito de educarlos mejor. ¡Vamos con ellas!

1. Pegarles

Situación:

Tomás va por la calle de la mano de su papá. En un momento dado, en un despiste de su padre, Tomás se suelta y da un paso en la calzada por donde pasa un coche que casi le atropella. Afortunadamente su padre reacciona a tiempo agarra al niño por el brazo y le vuelve a poner en la acera. Acto seguido, muy asustado, le da unos azotes en el culete para enseñarle que eso no se debe hacer.

Por qué no debería actuar así:

Hay muchas razones por las que el papá de Tomás no está tomando una buena decisión para educar a su hijo. La primera es que los castigos físicos están prohibidos. La segunda es que el padre está castigando al niño por un error que ha cometido él mismo (no vigilar al niño). La tercera es que muchos estudios demuestran que los castigos no son eficaces para educar a los niños; simplemente no aprenden cuando son castigados. Son muchas las razones que podemos dar para que los padres no peguen a sus hijos, sin embargo quiero destacar una. Cuando agredimos a un niño, aunque sea con un azote, estamos rompiendo la barrera del respeto y la seguridad que el niño tiene que tener en sus padres. Una vez hemos roto esa barrera es mucho más probable que la volvamos a romper. Por el contrario cada vez que somos capaces de contener una respuesta agresiva se reduce la probabilidad de volver a caer en el castigo físico. Y esto es algo importantísimo porque estudios como éste demuestran que cuando educamos con mano dura el tiro puede salir por la culata.

Qué podría haber hecho distinto

No siempre es fácil mantener la calma en este tipo de situaciones, aunque sí debemos al menos mantener las manos “fuera del alcance de los niños”. En este caso más allá del susto que podamos habernos llevado y de la angustia consecuente, lo más adecuado sería tomar al niño en brazos, asegurarnos de que está bien (si ha llegado a asustarse) y decirle con voz firme y calmada. “No puedes soltarte de la mano”. Acto seguido lo más recomendable sería decirle, vamos a volver a cruzar pero esta vez no te sueltes de la mano. Y podemos ensayar 3 ó 4 veces hasta que el niño entienda interiorice la norma y entienda que es una norma muy importante para papá y mamá (porque si es muy pequeño es posible que no llegue a entender que es una norma importante para su seguridad).

2. Pedirles que vengan para regañarles

Situación:

Alejandra está jugando con su hermana pequeña. En un momento se ponen a discutir a cuenta de una muñeca. Su mamá, que está sentada viendo 5 minutos las noticias, escucha un forcejeo y finalmente el llanto de la pequeña. Rápidamente reacciona con un grito: “¡Alejandra!; ¡Ven aquí ahora mismo!”.

4 cosas

Por qué no debes actuar así:

Para empezar quiero decir que no me gusta nada la palabra regañar porque en mi cabeza conlleva enfado, sermón y reproche. Personalmente prefiero utilizar el verbo “corregir”, (aunque reconozco que alguna vez se me escapa el tono regañina). El caso es que todos los padres tenemos que corregir a los niños de vez en cuando pero siempre es recomendable ir a donde está el niño para corregirlo y no pedirle que venga. Y esto es así por dos motivos. El primero de ellos es que si vamos a donde está el niño podemos ver lo que está haciendo en primera fila y darnos cuenta si es necesario corregirle o no. Podemos ayudarle a deshacer lo que ha hecho o explicarle desde esa cercanía por qué debería haber actuado distinto. El segundo puede ser más importante; si pedimos al niño que venga a donde estamos nosotros el niño va a asociar nuestra llamada con el enfado y el reproche. Yo prefiero que mis hijos sepan que cuando vienen donde mi se van a sentir seguros, porque en muchas ocasiones en la vida tendrán que acudir a mi y, en esos casos prefiero que se sientan 100% seguros.

Como podría haber actuado distinto:

La mamá de Alejandra podría haber hecho varias cosas distinto. No siempre es fácil porque como a todos nos ocurre la pelea de las niñas le puede haber pillado cocinando, trabajando o mientras se ducha (un momento de relajación que todos nos merecemos al menos en algún rato del día). Sin embargo, en una situación ideal la mamá de Alejandra podría haber acudido a ayudarles a dialogar si sabe que la discusión iba a terminar en pelea (aquí puedes aprender cuando si y cuando no debes intervenir en peleas entre hermanos). Pero sobre todo, la mamá de Alejandra podría haber ido hasta la habitación donde ha ocurrido la pelea para hablar con sus hijas y enseñarles a buscar una solución conjunta. En algunos casos, sobre todo si los sentimientos son muy intensos en ese momento concreto podemos tomar a las niñas de la mano y llevarlas a otro espacio donde puedan sentirse más calmadas, aunque siempre recomiendo que sea el adulto el que vaya a buscarlas en lugar de llamarlas para que acudan a donde estamos nosotros.

3. Hablar por ellos

Situación:

Vas con tu hijo de 4 años a casa de su amigo y sus padres le ofrecen un refresco. El papá de la otra familia le pregunta. “¿Quieres un helados de naranja o de limón?” Tu hijo se queda callado mirando al suelo durante un rato hasta que el silencio comienza a sentirse un poco tenso. Como tu sabes que tu hijo es un poco más tímido de lo habitual  decides echarle una mano, así que dices: “A Gonzalo le encantan los helados de naranja”

Por qué no deberías actuar así

Este es un error muy habitual. Todos los padres hemos puesto voz a nuestros hijos en algún momento. Es normal. Los niños nacen sin hablar y nosotros somos su única voz durante los dos primeros años de vida y resulta lógico que tardemos un poco de tiempo en dejar esa costumbre de hablar por ellos. Hay padres que podrían cobrar un sueldo de ventrílocuo porque lo hacen más de la cuenta y esto es algo perjudicial para los niños, sobre todo si son un poco más tímidos de lo habitual. Sin embargo sabemos que esta forma de actuar acentúa los rasgos de timidez en el niño. Por eso es importante retirar las ayudas y evitar hablar por el niño una vez ya tiene los tres ó 4 años de edad.

Qué podrías hacer en su lugar:

Confiar. Símplemente confiar. La mayoría de niños van a encontrar su voz cuando es el momento adecuado. Nosotros podemos ofrecerles nuestras piernas para que escondan la cabeza un momentito. Podemos ayudarles a sentirse seguros hablando con la otra persona y mostrándonos tranquilos para que vean que no pasa nada, pero suele ser recomendable no hablar por el niño.  No tenemos que obligarle tampoco porque eso suele hacer que aumente su nivel de vergüenza y que evite enfrentarse a las preguntas de personas de fuera de la familia. Simplemente darle tiempo y confiar que será capaz de hacerlo por sí mismo suele ser la mejor estrategia. A todos los niños les gustan los helados, a todos los niños les gusta conseguir cosas en un momento o en otro y ese deseo será la fuerza que le ayude a hablar cuando esté preparado (siempre y cuando no sepa que uno de sus padres pondrá voz a sus necesidades).

4. Avergonzarlos

Situación:

Pablo está con sus hijos cenando. En un momento de la cena su hija Laura dice que no quiere comer las verduras. Su padre le insiste un par de veces pero parece que Laura no va a abrir la boca, así que su padre prueba con su última arma. Le dice: “No seas bebé, Laura! Mira que bien se come las verduras tu hermano Rodrigo!!”. En ese momento Rodrigo, hinchado de ego le dice: “¡Laura! ¡Eres un bebé!” y su padre le replica: “Rodrigo! ¡Cállate! No está bien hacer burla de tus hermanos, ¡pareces tonto!”

Por qué no deberías actuar así

La verdad es que en esta escena que he dibujado se ve uno de los efectos de ridiculizar a un niño. Cuando Pablo le dice a la niña que parece un bebé, su hermano le imita y la ridiculiza él también. Es posible que esta misma conducta de imitación sea lo que a Pablo le haya llevado a ridiculizar a su hija en primer lugar, ya que resulta muy frecuente que los niños que han sido ridiculizados (aunque sea de una manera inocente como en la escena que acabamos de describir) acaben haciendo este tipo de comentarios a sus hijos. Si te das cuenta la primera ridiculización desencadena toda una serie de ridiculizaciones que empiezan con la del hermano y vuelven a terminar con el padre ridiculizando al hermano mayor por ridiculizar a su hermana. Vamos, ¡Un auténtico desaguisado!

Qué podría haber hecho distinto:

Hay muchas cosas que podría haber hecho distinto pero la primera y más importante es simplemente no ridiculizar. El papá de Laura podría haberle insistido un poquito más. Haber partido la verdura más pequeña. Haberle animado a probar (aunque no se la comiera). Podría haberle puesto un poco de aceite o sal. Podrían haber ido a comprar las verduras juntos o prepararlas juntos en casa porque sabemos que eso ayuda a los niños a aficionarse a las verduras. Pero hubiera bastado con que hiciera lo que hiciera no hubiera llamado a su hija “bebé”.

Como puedes ver hay cosas que a veces hacemos con la mejor intención o llevados por nuestros instintos pero que en realidad no ayudan a nuestro objetivo; ayudar a nuestros hijos a estar más seguros, sentirse más queridos o aprender aquello que les queremos enseñar. Siempre hay estrategias positivas para ayudarlos sin requerir a los chantajes, gritos o castigos. Si quieres aprender estas estrategias puedes comenzar aquí. Como decía al principio, hay muchas otras cosas que no debes hacer nunca con tus hijos, pero hoy he querido elegir estas cuatro para compartirlas contigo. No las olvides y compártelas tu también con otros papás, con otras mamás u otros niños a los que les pueda venir genial.

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