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Navidad de niño navidad de padre

Siempre me ha gustado la Navidad. Desde que era niño. Posíblemente hayan sido mis Navidades de la infancia las que me han hecho que me guste esta época del año. Tengo claro que no ha sido por los regalos ya que en mi casa recibíamos los juguetes justos y el último día de las fiestas, el día de Reyes. Tampoco han sido los villancicos, el turrón y mucho menos los mazapanes. Hay muchas otras cosas que me han hecho disfrutar de la Navidad y que hacen que ahora como padre disfrute tanto con mis hijos, aunque de manera distinta. Porque si algo he visto claro ahora que soy padre es que las navidades de padre son distintas a las de los niños.

Cuando era niño recuerdo a mis padres arreglados, un poco perfumados llevándonos a casa de mis abuelos y sabiendo que era una noche especial para toda la familia.  Nos sentábamos ante un mantel elegante, brindábamos con una copa de champán llena de agua y cenábamos con los primos con los que todavía hoy estamos muy unidos. Ahora que soy padre, me gusta ir desarreglado, aunque en nochebuena, en Navidad o nochevieja  me visto un poco más elegante de lo que suelo vestir durante el año. Mi mujer se pone unos pendientes especiales, los dos nos ponemos colonia o perfume y vamos a casa de los abuelos mientras pensamos aquello de: “¿Pero qué necesidad hay?….Con lo bien que estaríamos en casa….tranquilitos”.

Cuando era niño recuerdo a mi madre sacar las cajas del nacimiento. El olor a esas figuras mezcladas con serrín, el cuidado con el que colocábamos las figuras, el río con papel de aluminio o la estrella y la emoción de ver el resultado final….¡¡¡Parecía de verdad!!! Ahora que soy padre, busco las cajas en el trastero, despejo la mesa y planificamos juntos como lo vamos a colocar. Los pequeños tiran todo, el mayor se enfada y yo intento que la obra avance sin que nadie pierda la calma. No falta el olor a serrín, ni a figura antigua, pero sí falta mi madre…aunque claro…ahora mi madre…soy yo.

Cuando era niño recuerdo que paseábamos por las calles del centro que olían a castaña asada, rebosaban bullicio y estaban llenas de luces que me hacían mirar a todos lados.   Ahora que soy padre busco un día en el calendario en el que la plaza Mayor no vaya a estar tan abarrotada y salgo del trabajo para recoger a los niños volver, a ir a Madrid y aventurarnos a pasear por las calles del centro. Suele ser agotador, aunque me encanta ver su cara de ilusión en cada uno de los puestos.

Ahora que soy padre voy al supermercado y compro todos los productos típicos que no me gustan especialmente. Los turrones, el mazapán…las uvas de nochevieja… Cuando era niño probaba todos esos sabores que tampoco me gustaban especialmente sin pensar en ningún momento quién y por qué los habían traído a nuestra mesa. De lo que no me daba cuenta es que todos esos aromas y sabores se quedaron grabados en mi cerebro y que cada vez que los pruebo me traen recuerdos de casa de mi abuela, de mis tíos y mis primos.

Cuando era niño recuerdo a mis padres dejarnos en casa de la abuela y salir a la calle a hacer un recado con cierta prisa y nerviosismo. Ahora que soy padre vamos a casa de mis padres y, aunque después de comer tengo ganas de echarme la siesta….me veo dejando a los niños en casa de la abuela y saliendo a hacer “recados”.  Yendo de juguetería en juguetería e intentando conseguir ese juguete que les hace tanta ilusión, aunque a veces tenga que ir a la otra punta de la ciudad.

Cuando era niño recuerdo despertarme el día de reyes, ir a la habitación de mis padres y sentir que les costaba despertarse y salir de la cama. “¡¡¿¿Pero no les hace ilusión??!!…pensé en más de una ocasión. Todavía les recuerdo rogando lo que yo tantas veces rogué los días de colegio….”Un minuto más…por favor…”. Ahora que soy padre me he pasado las últimas noches de Reyes montando mercados, barcos pirata y bicicletas hasta altas horas de la madrugada. Y claro, al día siguiente cuando llegan los niños me cuesta despertarme y salir de la cama… Posíblemente este año, la mañana de Reyes, también me cueste un poco despertarme….no porque no tenga la ilusión por ver los regalos…sino símplemente porque hacer de rey mago se puede alargar hasta altas horas de la madrugada.

En fin…las Navidades de los padres son distintas de las Navidades de los niños. Las suyas, llenas de momentos mágicos. Las nuestras igual de ilusionantes pero de otra manera…una ilusión que se traduce en esfuerzo y trabajo también.  Se que muchos que me leáis no lo compartiréis. No hace ninguna falta.  A veces a mi también me parece un sinsentido, pero siempre acabo dejándome llevar por mi ilusión porque para mí (y para mi mujer también) merece mucho la pena. No es por ver su cara de ilusión cuando abren los regalos, sino porque sabemos que esos pequeños gestos están dejando en su memoria un recuerdo inmborrable de unión familiar y de ilusión.

Por Álvaro Bilbao  – Autor de “·El cerebro del Niño explicado a los padres” Plataforma Editorial

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